El país de las píldoras

Existen una serie de rasgos y comportamientos de la sociedad estadounidense que si bien para ellos son parte de la vida diaria, a mí como extranjera me llaman la atención, principalmente porque en Uruguay (todavía) no se ven estas cosas, aunque con la globalización eventualmente todo llega.

Mucho se habla en este país de la guerra contra las drogas. El gobierno destina millones y millones al año a combatir el tráfico y el sistema legal consta de leyes y condenas que en mi opinión son exageradamente severas para aquel que consume o vende cualquier tipo de estupefaciente ilegal.

Pero existen drogas legales que pueden llegar a ser igualmente dañinas y de cuyo riesgo poco se habla: Xanax, Vicodin, Oxicodona, Ambien, Adderall, etc., etc., etc. Cuando vivía en Uruguay, sabía de la existencia de estas drogas pura y exclusivamente a través de películas y series de televisión estadounidenses, siempre descritas con cierta trivialidad, como cuando el Dr. House se las ingeniaba para conseguir su Vicodin a través de técnicas truculentas. Después de un tiempo de vivir en Estados Unidos,  me di cuenta de que están en todas partes.

Uno de los rasgos que más sorprende de esta cultura de los fármacos es que están permitidos los comerciales de medicamentos con receta. Los veo en la televisión todo el tiempo. En general siguen un patrón: imágenes de gente feliz en un parque abrazándose con sus seres queridos, la frase “Pídale a su médico que le recete…”, y por último y lo más llamativo, la lista de horripilantes posibles efectos secundarios que es leída aceleradamente como las condiciones de participación de un sorteo, porque es obligatorio hacerlo. Viniendo de un país donde los únicos comerciales de medicamentos que se ven son para el dolor de cabeza, la acidez o el resfrío (también alguna que otra vez una pastilla anticonceptiva) ver comerciales de antidepresivos es un shock. Y el mensaje “Pídale a su médico que le recete…” es igualmente sorprendente. En Uruguay el médico es el que decide qué medicamento tengo que tomar, no voy y le pido que me recete una pastilla X.

Claro está, bajo estricta supervisión médica estos fármacos ayudan a la gente, pero es sabido que presentan un elevado riesgo de dependencia y abuso y, como nos han demostrado múltiples celebridades a través de la historia, mezclados con alcohol pueden ser letales. Si bien no soy médica y no puedo afirmarlo, me da la sensación de que los profesionales de la medicina son bastante rápidos para recetarlos. Y como para todo lo adictivo en esta vida, existe un mercado negro que abastece a aquel que no consigue la receta tan fácilmente.

Ahora, si bien muchos acusan a la multimillonaria industria farmacéutica de instigar todo este uso y abuso de medicamentos, lo que más me sorprende es lo dispuestas que están las personas a tomar todo tipo de píldoras. ¿No podés dormir? Tomate esta pastilla. ¿Tenés que mantenerte despierto? Tomate esta pastilla. ¿Te duele algo? Tomate esta pastilla. Para todo problema, hay una pastilla que lo soluciona.

Personalmente, prefiero confiar en la capacidad de mi cuerpo y mi mente para solucionar sus problemas y considerar los psicofármacos y calmantes con receta como un último recurso si todos los demás métodos fallan.